viernes, 11 de mayo de 2018

Jorge Cabanillas. Cuentos impunes. Lima: Ediciones Rocinante, 2017. 81 p.


Jorge Cabanillas. Cuentos impunes. Lima: Ediciones Rocinante, 2017. 81 p.



Jorge Cabanillas Quispe (Huánuco, 1992) es autor de Cuentos impunes. El libro se divide en dos partes: Soledades, Impunidades y una suerte de epílogo titulado Destino final. Desde el título, el autor invita al lector a pensar en la impunidad, es decir, en aquello que queda sin castigo. Se establece así un díptico: justicia-castigo para los actos humanos que de alguna u otra forma transgreden el orden social. La primera sección incluye cuatro relatos, con personajes juveniles, románticos, al borde de la pasión amorosa, que aún no se han liberado de la figura materna.

La segunda parte, Impunidades, es más sugerente. “Destino de papel” construye una escena en la que una muerta, desde el más allá ve cómo se decide su destino en la otra vida, mientras es velada en el mundo de los vivos. En “Mishel” hay un intento de referir la violencia terrorista y la del Estado, lo que obliga al personaje central al desamparo, la pobreza y a la prostitución y la enfermedad final. Mishel es sobretodo víctima. “Última parada” tiene elementos en común con “Destino de papel”, con una conciencia que desde el más allá da sentido a una historia de venganza.

La sección Destino final se cierra con un cuento “Condena perpetua”, el mejor texto del libro. Hay dos planos de realidad: un moribundo al borde de la muerte, un pecador que no se arrepiente de sus actos; en el otro, Dios y el Diablo discuten sobre el destino que le corresponde. La vuelta de tuerca es que la sabiduría final de Dios no es condenarlo al Infierno sino a que le cante en el Cielo. Los Cuentos malévolos de Clemente Palma cobran eco en este cuento.

El melodrama, una estructura compartida en la que se intercalan voces en espacio-tiempo diferentes al presente de la narración, o mundos representados heredados de Los inocentes de Reynoso cruzan el libro. Si bien se apela como telón de fondo a las ideas religiosas sobre el Cielo o a la propia existencia de Dios, los personajes se inclinan hacia la incredulidad. Asimismo, en el ámbito de la justicia, no siempre se recibe lo que se merece, es decir, el mal (la muerte, la injusticia) triunfa. Por ello el sentido patético o melodramático del conjunto.



Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

jueves, 10 de mayo de 2018

Antoanette Alza Barco. 4321. El milenio de los inmortales. Lima: Altazor, 2018. 101 p.



Antoanette Alza Barco. 4321. El milenio de los inmortales. Lima: Altazor, 2018. 101 p.

Antoanette Alza Barco (1979) es autora de 4321. El milenio de los inmortales. El libro contiene cuatro textos de estructura teatral (por su división en escenas y diálogos), dada su experiencia en la producción de obras de teatro. A nivel formal, los tres primeros textos pueden funcionar como cuentos, puesto que prima lo narrativo sobre el conflicto en sí. Solo el último texto puede presentarse como dramaturgia, con similitudes a las obras de Becket o Ionesco.

Los temas que plantea la autora son: el racismo, la marginación y la pérdida de la condición de seres humanos en “Hela”, además del poder de la ciencia sobre la vida y dignidad humana; la posibilidad de una nueva civilización en “Los inmortales”, lo que supondrá “[…] una nueva forma de contrato social, una nueva constitución mundial, nuevas estructuras éticas, políticas y ecológicas” (47); la emergencia de una nueva raza, el viaje espacial en un marco posapocalíptico en “GER”; y la respuesta a la eterna pregunta sobre el destino y objeto de la existencia humana en “4321”, bajo formas alegóricas que recuerdan en algo a ¡Madre! (2017) de Aronofsky. Dos elementos transversales recorren los textos: un conflicto de identidad o condición humana de los personajes, que se sienten otros o son tratados como otros y la irrupción de la enfermedad o determinados síntomas particulares que los hacen diferentes.

En “Hasta que la muerte”, el maestro Adolph demuestra con su pesimismo, la inutilidad de la inmortalidad y que es la muerte la que nos hace humanos y plantearnos proyectos. La premisa de Alza Barco es contraria, la inmortalidad puede ser buena, puede combatir enfermedades, la ciencia terminará por configurar un nuevo tipo de humanidad al que no hay que tenerle miedo.  Es decir, en términos ideológicos se inclina –muy en el fondo- al sentimiento esperanzador hacia la ciencia y el progreso: a la utopía. 

Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

lunes, 30 de abril de 2018

Victoria Vargas Peraltilla. El intérprete de la muerte. Arequipa: Cascahuesos. 136 p.


Victoria Vargas Peraltilla. El intérprete de la muerte. Arequipa: Cascahuesos. 136 p.

Con su primer libro, Coleccionista de almas (2016), Victoria Vargas (Arequipa, 1996) daba cuenta del excelente momento por el que atraviesa la narrativa fantástica contemporánea, que se sostiene en autores notables como Giulio Guzmán en Simulador de irrealidad (2018) o Andrea Rivera en Estaciones (2017), por mencionar los libros más recientes. En este segundo libro la autora ha salido del leit-motiv inicial que daba título a su opera prima, y se propone explorar otros espacios en el que la muerte física es el eje. Podemos sintetizar el concepto del libro en lo siguiente: la muerte está encarnada en cada uno de nosotros, por lo tanto, cada uno es un simulacro de la muerte.
Así, en el cuento inicial que da título al libro, el personaje central se descubre como una especie de “médium” de la muerte, que permite que esta se materialice en el mundo de los vivos. Si la muerte es el eje temático, lo es también la oscilación entre la realidad y el sueño, el desdoblamiento o duplicación del sujeto (lo cual nos lleva a indagar sobre la identidad del individuo). Es en este marco, en el que la realidad y el sueño, la vida y la muerte (dos mundos que se tocan, se invaden, pero que ninguno absorbe al otro), oposiciones binarias fundamentales, en el que irrumpe el motivo del primer libro (la posibilidad de “robar” el alma de otro); en este caso puede ocurrir desde la simple lectura (leer a otro es ya perder algo propio, algo de nuestra propia alma). Si El retrato de Dorian Gray de Wilde se ofrecía como intertexto central de su primer libro, acá lo es Alicia en el país de las maravillas de Carroll.
En otros como “Mi yo muerto” o “Demonios y sus letrillas” la alusión a Death Note de Tsugumi Ōba es clara. “Tres días un mono” ofrece una imagen quizás sacada de Being John Malkovich  (1999) de Spike Jonze. “Mundo de camisas” ofrece ciertos guiños a un capítulo de The Twilight Zone, titulado “Nick of time”. “Propuestas de gatos” alude al clásico de Poe, mientras que “Rompe máscaras” hace lo propio con El hombre con rayos X en los ojos (1963) de Corman y La zona muerta (1979) de King. Estas referencias, conscientes o no, enriquecen y potencian los textos.
Si bien, el tema del destino, la fortuna se discuten en los textos, el ordenamiento de estos lleva al lector a una especie de resurrección temática, pues se parte de la muerte para regodearse de los placeres que ofrece el estar vivo (esto ocurre en los últimos textos del libro). Si al inicio la muerte parece ser el fin, en oposición, la vida es imparable también mientras tengamos ojos para ver o podamos sentir aquello que finalmente nos hace seres humanos y no máquinas, o peor aún, demonios encubiertos con saco y corbata.

Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

domingo, 25 de febrero de 2018

“Presentación de La división del laberinto”. Por José Güich Rodríguez. 24 de febrero, 4:00, Casa de la Literatura Peruana.



“Presentación de La división del laberinto”. 24 de febrero, 4:00, Casa de la Literatura Peruana.
José Güich Rodríguez
Le agradezco a mi gran amigo Elton Honores su honrosa invitación para presentar hoy, junto al Maestro y también muy admirado amigo Harry Belevan, el libro La división del laberinto. Estudios sobre la narrativa fantástica peruana contemporánea (2000-2015). También quiero renovarle mis felicitaciones por su persistencia en la organización de este ya institucionalizado “Congreso de verano”, que cada vez cuenta con mayor repercusión en los medios y congrega a autores, investigadores y público lector. Es una clara muestra de cuánto ha cambiado el escenario de la literatura en el Perú,  a despecho de los pocos operadores culturales que aún se resisten a aceptar una realidad innegable. Y también insistir en la gratitud personal por su interés generoso en nuestro trabajo.
En esta ocasión, el encuentro coincide con los diez años de la partida de José B. Adolph, el entrañable e inolvidable escritor que desde su primer libro, aparecido hace 50 años, El retorno de Aladino, inició un proceso que no se ha detenido y no se detendrá, felizmente. La contribución de Elton a estas recomposiciones del sistema literario peruano es invalorable, y no solo por su saludable terquedad en la organización de estas citas, en franca alianza hoy con el Instituto Raúl Porras Barrenechea, y en octubre, con el Instituto de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar.
Su aporte es realmente sustancial en el sentido de que ha permitido, con rigor crítico, información actualizada y visión totalizadora, el diseño de un mapa de lo que está ocurriendo en el Perú con las hasta no hace mucho poco apreciadas “escrituras no realistas o miméticas”, que hoy experimentan, en varios frentes de batalla, una visibilidad llamativa, enriquecedora. Es cierto que aún queda mucho camino por recorrer, pero yo soy uno de los que consideran que el avance de lo fantástico y de la ciencia ficción en el país es positivo y firme, gracias a Elton, a escritores e impulsores como Daniel Salvo, José Donayre Hoefken o Víctor Ruiz Velazco y a editoriales independientes como Altazor, liderada por Willy del Pozo.
Como sé que hay muchos amigos entre los asistentes,  me daré el lujo de ser sincero -para lo que ello importe-. Estoy desencantado o desilusionado con muchos aspectos de la vida social y política peruana, con tendencia cada vez más acentuada a la condición de ermitaño o anacoreta levantisco -me encanta decirlo una vez más-, pero eso se acaba cuando comienzan las clases y hay que acudir a al centro laboral para cumplir con nuestra misión docente.
También esa sensación del desencanto aplastante se acaba, al menos por unas horas. cuando acudo a estas celebraciones en tono de la imaginación y de sus inmensas posibilidades como respuesta a la medianía del entorno, peligrosa y con alto riesgo de contagio si no estamos con las barreras defensivas bien afianzadas. Ya habrá tiempo para seguir cultivando el desánimo frente a las dificultades de convertirnos en esa “República Superior” que debimos ser y no este yermo, más parecido al siglo XIX que al XXI.
Hoy, lo importante es el libro que tenemos entre nuestras manos: un conjunto de trabajos académicos que Elton Honores  ha elaborado con brillo a lo largo de varios años de dedicación y cuyas premisas centrales suscribo una por una, desde el texto notable que abre el libro, “Narrativas del caos: un ensayo sobre la narrativa de lo imposible en el Perú contemporáneo” que, considero, es el eje alimentador de la propuesta que Honores defiende. En este excelente trabajo, el crítico e investigador pone en la picota la idea del realismo como la única alternativa válida para expresar una visión problemática o crítica acerca de un estado de cosas.
En consonancia con sus observaciones y asertos, yo afirmaría que la narrativa fantástica peruana, hasta hace poco invisible y marginalizada frente a las teorías y praxis del realismo -que alcanzaron su máxima plenitud y hegemonía con Ciro Alegría, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa, en el siglo pasado- ha asomado una vez más. Ha logrado superar las trabas impuestas por un discurso académico bastante limitado (salvo grandes excepciones, como Elton Honores, por supuesto), y el control ejercido por los poderes fácticos de la prensa cultural, generalmente pobre en sus alcances.
 Las escrituras de orientación no realista han llegado para quedarse.  Autores nacidos a partir de 1960 (Herrera, Prochazka, Iwasaki, Donayre Hoefken, Sumalavia, Salvo o Yeniva Fernández, entre otras voces importantes) dialogan ahora con sus precedentes modernistas, vanguardistas y los de la Generación de los 50, 60 y 70. Sobre los nacidos a partir de la década siguiente, aún es prematuro forjar apreciaciones sobre qué nombres pasarán a un canon libre de imposturas. Es un visado para el futuro que seguirá, con probabilidad, su propio derrotero y contará con sus intérpretes.
En diversos soportes académicos y divulgativos, la narrativa fantástica peruana ocupa ahora un lugar más cercano al centro, sin que ello suponga alcanzar un protagonismo semejante al de los lanzamientos de los sellos multinacionales. Es sabido que estos influyen, como industria, en el gusto y en la manera de recibir y entender el ejercicio creador por parte del público no iniciado. Incluso, las pocas páginas que los medios tradicionales dedican a los libros ya dan cuenta del fenómeno, aunque con sesgos y manipulaciones naturales en quiénes dirigen las líneas editoriales y ven peligrar su posición de control protagónico.
El contrapeso lo han establecido las múltiples opciones que hoy ofrece el mundo virtual, a través de las redes sociales,  youtube y los blogs, sin cuya emergencia no habría sido posible esta suerte de “primavera de lo fantástico y de la CF”, es decir, el auge de géneros que en tiempos no muy lejanos provocaban el mohín escéptico o burlón de quien todavía es presa de la ignorancia o ese hábito tan nacional llamado “ninguneo”.
Hoy, el autor peruano que ha decidido construir su identidad artística dentro de estos usos ya cuenta con mecanismos que le permiten proyectar sus trabajos a un dominio público, creando así corrientes de opinión e intercambio, más allá, incluso, del libro en formato clásico, que parece atravesar hoy una fase de tránsito dramático pero inevitable al llamado e-book o el kindle.
Y sobre todo, un cultor nativo ya puede reclamar para sí una tradición propia, dialogar con ella o, si se quiere, refutarla con conocimiento de causa. En este canon, que inevitablemente deberá experimentar transformaciones y replanteamientos  -nada es estático-, son piezas sólidas y quizás ya inamovibles C. Palma, Valdelomar, Vallejo, Ribeyro, Loayza, Durand, Mejía Valera, Adolph, Belevan o Calderón Fajardo. Son referencias locales que en su momento contribuyeron a un constructio periférico que sobrevivió a pesar de las exigencias de realidad cruda y de urgente compromiso político, en boga sobre todo partir de la Revolución Cubana y la subsecuente toma de posición frente a una verdadera partición de las aguas en la historia ideológica del continente.
Pero lo que muchos estudiosos y autores no supieron entender, en su momento, es que toda escritura de raigambre fantástica es un poderoso instrumento de desestabilización y de cuestionamiento al orden imperante. Supone una crítica desde el lenguaje a las imposiciones de las élites sobre las certezas que estas pretenden imponer a las sociedades a través de agentes enquistados en el plano de la inteligencia y de la cultura, que buscan perpetuar una visión del mundo monolítica o uniforme.
Hoffmann, Mary Shelley, Poe, Le Fanu, Bierce, Stoker, Lovecraft, Borges, Arreola, Monterroso y Cortázar han perpetrado, cada uno de acuerdo con el marco de producción en el que se inscribieron, severos cuestionamientos a la “domesticación” o el “apaciguamiento” de conciencias que diversas representaciones de lo real -no estrictamente ficcionales- en torno de la vida humana se generaron con el advenimiento de la Ilustración, a lo que la prédica romántica supo responder con imaginación, delirio y vuelo provocador.
Así, todas las grandes figuras de la narrativa fantástica han sido elementos altamente subversivos y disociadores, porque se  han enfrascado en organizar mundos alternativos cuya lógica coloca en jaque a las verdades oficiales que quieren garantizarle al sujeto social una estabilidad a cambio de un manso acatamiento de todo aquello relacionado con el orden inamovible y sin fisuras dentro de lo privado y lo público.
Para terminar, solo he intentado, espero que con cierto grado de ecuanimidad, destacar algunas de la ideas ampliamente desarrolladas en todos los estudios que forman este libro. Se convierte así en una referencia inmediata para los jóvenes investigadores. El título polivalente del volumen invita desde ya a ingresar a ese dominio entre bélico y de partición de aguas.
Me quedo con el primero y desde un sentido metafórico: un ejército de escritores, una “quinta columna” que con solo un arma, el lenguaje, la palabra, desbarata las certezas sobre una sola forma de construir realidades ficticias e implanta el caos desestabilizador y transgresor que lo fantástico siempre conllevará.
Muchas gracias.

viernes, 23 de febrero de 2018

“Presentación de La racionalidad deshumanizante de Elton Honores”. Por Camilo Fernández Cozman




“Presentación de La racionalidad deshumanizante de Elton Honores”
Por Camilo Fernández Cozman
En: https://camilofernande.blogspot.pe/2018/02/presentacion-de-la-racionalidad.html
Febrero 21, 2018


La investigación literaria en el Perú ha privilegiado el estudio de la novela y el cuento de cuño realista y ha dejado de lado el relato de ciencia ficción. Autores como José María Arguedas, Mario Vargas Llosa y Ciro Alegría, entre otros, se enmarcan en el ámbito de la tradición realista. Dicha perspectiva de la investigación literaria ha olvidado el relato fantástico que tiene cultores como Luis Loayza, José Adolph o Harry Belevan en el Perú. Sin duda, hemos asumido una falacia sin darnos cuenta: creer que un cuento realista es superior a un relato fantástico. Asimismo, pensamos también equivocadamente que el primero puede hacer una mejor crítica política que el segundo. La investigación de Elton Honores intenta, con éxito, develar ese error y superarlo merced a un trabajo impresionante con las fuentes bibliográficas. Ha publicado libros tan importantes como Mundos imposibles. Lo fantástico en la narrativa peruana (2010) y La civilización del horror. El relato del terror en el Perú (2014). Honores navega a contracorriente, pues la investigación especializada ha dejado fuera del canon a ciertos autores de relato fantástico que él desea revalorar y estudiar rigurosamente. El rigor filológico de Honores es digno de mención. Primero, busca los textos literarios olvidados injustamente por los críticos literarios oficiales. Segundo, revisa la bibliografía secundaria hasta agotarla. Tercero, indaga por las fuentes teóricas sobre la literatura fantástica.
 El libro que hoy nos convoca --La racionalidad deshumanizante. El teatro político y la ciencia ficción (1886-1989) — es un sesudo estudio sobre el teatro peruano que abarca más de un siglo y consigna una bibliografía de más de 30 páginas al final del volumen. Sabemos que el género teatral ha sido casi olvidado en el Perú. Hay investigadores peruanos expertos en narrativa como Antonio Cornejo Polar o José Miguel Oviedo o Tomás Escajadillo; o en poesía, como Estuardo Núñez o Alberto Escobar o Américo Ferrari. No sucede así con el teatro que espera un análisis más minucioso y provisto de un marco teórico riguroso. El ensayo de Honores contribuye en llenar ese vacío y se encuentra dividido en cinco capítulos.
 En el primero, el autor se sitúa en una perspectiva diacrónica, es decir, intentar dar cuenta del proceso del teatro latinoamericano. Sin lugar a dudas, un análisis de las obras teatrales no debería dejar de lado la ubicación de estas en el panorama de la literatura peruana. Honores, en este caso, se sustenta en Beatriz Risk, quien distingue tres generaciones: la realista, que abarca desde 1890 a 1920 y se caracteriza por el funcionamiento de códigos naturalistas y costumbristas; la vanguardista, que comprende desde 1920 a 1950 e implica la exploración onírica y de una realidad múltiple; y, por último, la del nuevo teatro, que empieza desde 1950 y llega hasta 1980. En lo que concierne al Perú, el investigador plantea cinco períodos: el del teatro costumbrista (desde el siglo XIX hasta 1945) con autores como Manuel Ascensio Segura, Felipe Pardo y Aliaga, Leonidas Yeroví, entre otros; la etapa del teatro poético (1945-1960) que se halla representado por Jorge Eduardo Eielson, Felipe Buendía, Sebastián Salazar Bondy, Juan Ríos, por ejemplo; el período del teatro arte (1956-1968) donde se sitúan Julio Ramón Ribeyro, Enrique Solary Swayne, Juan Rivera Saavedra, verbigracia; la etapa del teatro político (1968-1980), representado por Alonso Alegría, Alberto Mego, José Adolph, entre otros; y, por último, el período del teatro de violencia política y de conflicto armado (1980-2000), momento donde aparecen grupos como Cuatrotablas o Yuyachkani y autores como  Rodolfo Hinostroza o Roberto Sánchez Piérola. Después de ese panorama histórico, Honores emprende el estudio del teatro de ciencia ficción. Lo primero que constata es que este último ha sido muy poco estudiado en Latinoamérica.
 Ahora me gustaría centrarse en la obra del poeta, cuentista, ensayista y dramaturgo Rodolfo Hinostroza, figura imprescindible de la llamada generación del sesenta. Como sabemos, Hinostroza publicó dos poemarios capitales: Consejero del lobo (1965) y Contra Natura (1971). Asimiló los aportes de Saint-John Perse, Ezra Pound y Charles Olson para pergeñar una obra neovanguardista de gran experimentación en la página en blanco, a la manera del simbolista Stéphane Mallarmé. Asimismo, produjo relatos de ciencia ficción como “La memorias de Drácula” y un ensayo dedicado a Mallarmé. Sin embargo, escribió Apocalipsis de una noche de verano (1987), una obra teatral (basada en Sueño de una noche de verano de William Shakespeare) que es analizada minuciosamente por Honores y que se sitúa en el ámbito del peligro nuclear en el contexto de la Guerra Fría entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos. Honores afirma: “Hinostroza confronta  el mundo de las hadas con el de los humanos, ambos en dos planos distintos de realidad. Como seres mitológicos, aquellos pueden intervenir en las acciones humanas, o confundirlos, pero sus objetivos son distintos: los seres élficos son lascivos y buscan la plena satisfacción sexual, mientras que los humanos, la destrucción. Así, Eros y Thanatos dominan ambas realidades” (p. 158). En tal sentido, como señala Fernando de Diego Pérez, se formulan dos realidades en Apocalipsis de una noche de verano: el teatro isabelino y la realidad latinoamericana, sometida a los intereses del imperialismo estadounidense.
 El libro de Honores permite reflexionar sobre algunos aspectos metodológicos de la investigación literaria. El investigador intenta, como dice Antonio Cornejo Polar en otro contexto, “historizar la sincronía”, es decir, analizar el proceso de las obras teatrales de ciencia ficción sin olvidar el abordaje de los mecanismos textuales de cada texto. Asimismo, Honores hace una revisión puntillosa de la bibliografía secundaria que examina cada obra teatral y su vínculo con la tradición literaria. No se ciñe a un solo método, sin que manifiesta una pluralidad metodológica y un acercamiento interdisciplinario muy valiosos e innovadores. Por todo lo expuesto, felicito a Elton Honores por esta nueva entrega, así como invito al público receptor a  leer este ensayo que ilumina el estudio del teatro en el Perú.

"Mundos distópicos". Por Pedro Novoa. En Expreso, 17 de febrero de 2018, p. 23.


"Mundos distópicos". Por Pedro Novoa. En Expreso, 17 de febrero de 2018, p. 23.



La racionalidad deshumanizante. El teatro político y la ciencia ficción (1886-1989) editada por el Instituto Raúl Porras Barrenechea (2017) de Elton Honores es un lúcido y sugerente repaso por la dramaturgia peruana que ha abordado contenidos entroncados con la ciencia ficción. Dividido en cuatro capítulos, en el primero aborda la realidad del teatro en el ámbito peruano y latinoamericano, especula una periodización y aborda la CF dentro de él. En el segundo, trata algunas obras donde la figura del sujeto se cuestiona y disuelve debido al miedo a un futuro incierto. En el tercero, el capítulo que da título al libro, analiza obras donde precisamente el teatro ausculta el rol enajenante de la ciencia coludida con lo irracional, en esa carrera descabellada y ruin de quitarnos la condición humana y degradarnos a cosa, a poco menos que objetos descartables o solo virtuales. En el último, se enfoca en obras que se orientan a un tono apocalíptico. Quizá el preponderante de la gran mayoría de expresiones teatrales. En general, todo el libro recorre el eje temático de una pulsión fuertemente tanática y pesimista con cierto halo moralizador, que por momentos, busca en el espectador darse de narices con lo absurdo de lo lógico, con lo irracional de la razón. De golpe, la modernización, el llamado desarrollo tecnológico o científico se ve cuestionado desde sus raíces, ya que ha perdido el horizonte de humanidad. Ha prescindido cínica e involuntariamente de esta ruta para continuar deshumanizándose, fingiendo ser mejor hombre. Por ello es que predomina una modernidad distópica, que incluso por negación con su versión utópica, se puede inferir un sacudón moral e ideológico donde lo político se presenta en las obras estudiadas a veces como excusa, como propaganda, como desatino, pero siempre como ese espíritu que invisible o no, está allí animando las grandes obras o las más pérfidas miserias del hombre.

jueves, 26 de octubre de 2017

Marcelo Damonte. Bifrost. Montevideo: Irrupciones, 2017. 166 p.



Marcelo Damonte. Bifrost. Montevideo: Irrupciones, 2017. 166 p.

Bifrost, es el título de la novela de Marcelo Damonte (Uruguay, 1967), que dentro de la mitología nórdica alude al puente que une el mundo de los hombres con el mundo de los dioses, un puente que es un enlace entre dos mundos que se encuentran separados. Así, Bifrost de Damonte establece un paralelo entre el mundo racional de occidente con el mundo salvaje americano, en un viaje con una atmósfera propia del absurdo. La embarcación llamada Bifrost, que acoge a una serie de personajes singulares y excéntricos, remite también a la barca de Caronte, el barquero de Hades en la mitología griega, pues si bien la novela está construida sobre la base del tópico del viaje y la aventura hacia un mundo desconocido, se produce hacia el final una transformación, una metamorfosis entre sus tripulantes, que dejan el estado de vida para fundirse en este otro imaginario nativo (se convierten en aves o dejan sus cuerpos), entonces, el viaje que realizan es un viaje hacia la muerte o hacia la resurrección o transformación.
            En parte, la selva amazónica se asemeja también a esa selva inexpugnable de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad de 1899, basada en sus experiencias en el Congo, en el que se alegoriza un viaje hacia la locura o descenso hacia los infiernos (que también está en Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola); o al naufragio de Lifeboat (1944) de Hitchcock; pero si nos remontamos más atrás también encontramos viajes siniestros como el de “Rima de un anciano marinero” del poeta inglés Coleridge. Sin duda, la novela Bifrost alude a lo que fue el proceso de colonización e invasión de tierras americanas. Es por ello que la selva aparece en su dimensión infernal. La metáfora de la selva como infierno ha sido retomada por muchos novelistas de esta parte del continente, como una forma de aludir al problema entre civilización y barbarie.
            Adicionalmente, Bifrost remite a un cuadro “La nave de los locos” de El Bosco, pintor flamenco, cuya obra alegórica alude a las debilidades humanas; y a “La balsa de medusa” de Théodore Géricault, basado en un naufragio francés del siglo XIX, cuyos sobrevivientes debieron padecer, hambre, locura y llegar hasta el canibalismo. Incluso para cerrar estas redes intertextuales, el Bifrost de Damonte es también una especie de “Arca de Noé”, que a diferencia del relato bíblico, la propia tripulación humana de la nave “son” las bestias que encallan finalmente en la ciudad imaginaria de Santa María de Onetti, es decir, todos los espacios de la novela van de lo real hacia lo imaginario.
            El espacio americano indígena representado en Bifrost es presentado como maravilloso, enigmático. Dos tiempos cruzan también la novela, el tiempo real de las acciones, que aluden a la época contemporánea (aunque no hay rastros de tecnología) propia de la segunda mitad del siglo XX, y otro tiempo, de fines del siglo XVI, sobre la base de un manuscrito colonial y da cuenta del proceso evangelizador. Así se produce un contrapunto entre ambos tiempos, el que alude a los procesos de conquista y evangelización de la selva americana y el viaje hacia la locura del tiempo presente (y con escenas que se repiten en ese universo, como la locura de los simios en apareamiento). Incluso los nombres de los personajes ayudan a reparar en esa memoria, como el caso del padre Acosta, quien tiene lleva una especie de crucifijo con una cabeza humana reducida por un jíbaro. Es una imagen carnavalesca de cualquier culto religioso. Este contrapunto temporal permite pensar en un espacio-otro detenido en el tiempo. Es una visión que en parte, retoma los postulados de Alejo Carpentier en El reino de este mundo.
            En la novela, por boca de uno de los personajes se plantea una poética: “Lo terrible de lo sobrenatural es cuando sobrepasa los sentidos. Lo peor de todo es que no vimos nada. Si hubiésemos distinguido algo solo sería miedo, pero aquello era algo intangible, siniestro, el horror estaba en el aire, se pegaba a la piel [...] El horror que no se puede ver es el peor de los horrores” (110). Así se distingue el horror, que ocurre cuando se está frente a la cosa amenazante y monstruosa, y un miedo sobrenatural invisible, sugerido por los sentidos.
            Tanto hombres como mujeres sufren cambios, metamorfosis en este Bifrost, que al igual que en la tradición nórdica, es también un puente, un medio para llegar de otro punto, o acaso a un mismo punto de inicio, en el que el ser humano está fundido con la naturaleza. No somos polvo y al polvo regresamos, sino somos naturaleza pura y a la naturaleza volvemos, como otros seres, con otras voces, en otro tipo de viajes, porque la muerte no es el fin: es transitar de un mundo a otro contiguo.

Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos